Ethos

Ave del paraíso

Comencé a leer El Ethos del filósofo, una compilación de escritos que hizo la Dra. Juliana Valenzuela, ex directora de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Me gustó la idea de que el Ethos significa carácter, modo de ser, pero también guarida, del filósofo. No se trata de la ética o pensamientos éticos de la filosofía, sino del “modo de ser”, de aquella pasión profunda que mueve a cada pensador. Va más hacia la coherencia entre vida y pensamiento. Y es, al mismo tiempo, como lo dice la compiladora, una invitación al filosofar, o una introducción a la filosofía.
En este texto recorrerá la historia de la filosofía tocando a algunos de sus principales representantes a partir del comentario de especialistas en la materia. Se escudriñará la vida del filósofo y se le preguntará sobre sus sentimientos más profundos, sobre aquello que lo mueve a pensar y a entregarse a la filosofía. Promete ser un texto atractivo porque mostrará la praxis filosófica más que una categorización conceptual.
Cuando estudié la historia de la filosofía fui descubriendo las grandes obras de cada autor, y en muchas ocasiones me quedó la sensación de que era la única que habían escrito. ¡La única! Y era una obra maestra. ¿Cómo le hicieron? ¿Será pura suerte? ¿Eran iluminados, divinos? Y a mí que no se me ocurre ninguna idea nueva, que con dificultades puedo llenar una hoja en blanco y ya se me acaban las ideas. Al conocer un poco más descubrí que había otras obras menos importantes y otras más ya pasadas de moda, ya ni se mencionan porque han sido rebasadas por la ciencia o la filosofía. De modo que a veces es mejor olvidar que existen. Lo mismo que hay algunos filósofos, “pequeños filósofos” cuyo aporte fue apenas de unas cuantas ideas y todo lo demás no tiene ya importancia, de modo que prácticamente pasan por desapercibidos.
Me llamó la atención que en la Historia de la Filosofía coordinada por Yvon Belabal, de Edit. Siglo XXI, también hecho por especialistas de cada época, menciona a muchos filósofos menores que desconocía. Y los autores los tomaban en cuenta. Podríamos suponer de que se trata de un enciclopedismo hasta cierto punto barato de colocar a cuanto filósofo encontraran o de rellenar el espacio. Lo cual sería poco honesto.
En este punto me llamó la atención el libro Entremundos en la historia de la filosofía, en el que el autor se dirige no tanto a los grandes filósofos y a sus obras mayores, sino que se fija en esos mundos intermedios, lee entre líneas, descubre pensamientos y pensadores olvidados, se fija en lo menudo y poco significante, y descubre que también tienen mucho qué decir. A veces no es sino la continuidad de un pensamiento, que como en el caso de Ernst Bloch, es la vigencia del pensamiento utópico siglos antes de Tomás Moro. Comienza con Bías, uno de los siete sabios de Grecia, ni siquiera sabía yo que existiera, pero en él, Bloch descubre el primer indicio de racionalidad y de pensamiento propio.
Pensando en Bloch y el título del libro que comento descubro que el carácter de Bloch estaba en la utopía. A eso dedicó su vida y sus escritos, y con esta idea fija recorre los entremundos buscando esas piedras preciosas. Y las encuentra hasta en las tierras más áridas o menos promisorias. San Anselmo de Canterbury creó la prueba ontológica de la existencia de Dios, en donde afirmaba que si algo puede ser pensado, puede existir. Si Dios puede ser pensado como suprema perfección, debe existir para ser perfecto. El monje Gaunilón le rezongó diciendo que uno puede imaginar una isla perfecta pero no por eso existe. Y responde San Anselmo que si es perfecta, debe incluir su existencia en esa su perfección. Lo que le interesa a Bloch no es la existencia de Dios, pues era ateo, sino la referencia a la Isla perfecta, o sea a una isla utópica, paradisíaca. Y comenta que aún en plena oscuridad de la Edad Media aún estaba presente el pensamiento utópico.
De entre los pensadores actuales busqué más información sobre Habermas y descubrí que ha escrito o publicado una obra importante cada dos o tres años. Que ha sido invitado como ponente principal por la UNESCO para alguna de sus conferencias. Que abarca tanto temas estrictamente filosóficos como políticos. Es un autor vivo, que se mueve en el mundo globalizado y produce continuamente pensamiento nuevo. Lo que yo sabía que había escrito era poquísimo al lado de su producción intelectual real.
Al leer Zen en el arte de escribir, Bradbury impulsa al escritor novato a ESCRIBIR.  Incluso tiene tres palabras que resultan centrales: trabajo, relajación, y no-pensar. Comenta que buscar la FAMA o el DINERO es lo peor que puede uno hacer, aunque las musas son tan benefactoras que a fuerza de buscar cómo conseguir la lana, finalmente pueden ceder y dejar que el escritor se vuelva un artista de la pluma. El trabajo lo señala como la tarea de escribir diariamente mil palabras (con letras, para que no falten ceros), durante veinte años. Hasta que el escribir sea un hábito, hasta que salga sangre, hasta que se manifieste el yo interior, y entonces todo será fluido, ya no pensar, relajarse, sólo dejar fluir.
El escribir requiere disciplina, el publicar obras importantes requiere trabajo, el aprender a escribir requiere ejercicio. No es suerte ni se nace sabiendo. Si ya tengo el grado, si tengo las habilidades básicas del filósofo investigador, solamente falta dejar fluir al escritor, alimentarlo escribiendo mil palabras diariamente sobre el tema que sea, y leyendo filosofía diariamente, de cinco a diez páginas, de 30 minutos a una hora, por lo menos, para que comience a surgir el yo interior y dejarlo hablar. Por algo conseguí el título, ahora toca ponerse en disposición.
Escribir, pensar, publicar, filosofar, requiere ethos, o sea, carácter, un modo de ser filosófico, es también el refugio del filósofo. Creo que estoy en el mejor momento de asumir este reto y de ir formando en mi persona el ethosdel filósofo. 14 de Noviembre de 2010
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