La ley de la vida

Todo mundo le tiene miedo a las serpientes, hasta yo, menos a ésta porque es mía, la conozco, es constrictora, le doy de comer un ratón cada quince días o cuando tiene hambre. Es un animalito muy pacífico, no hace ruido, no ladra ni chilla, se mantiene muy en paz, a veces anda paseando por la pecera en donde se encuentra, tal vez buscando una rendija por dónde escapar.

Ya se me ha perdido varias veces, por eso le llamo “La Migra”, ha migrado y me siento triste cuando se va porque muy posiblemente se muera debido a que no hace ruido, no sé dónde está, tal vez ya se salió de la casa o la voy encontrar ya por el olor de que se murió de hambre y sed.

Como dije, la tengo en una pecera, con arena, agua y una caja de jugo donde duerme. Cuando le voy a dar de comer la saco de la caja, la aliso, juego con ella, la despierto y entonces la vuelvo a la pecera. Entonces meto el ratón encerrado en una cajita de cartón. Ella escucha el ruido, sale a buscar, le llega el olor, se acerca, se da cuenta de que eso significa comida, comienza a darle vuelta a la caja buscando saber qué es. Por su parte el ratón quiere salir de la caja, comienza a mordizquear, hace ruido, olfatea el exterior, y si pude, sale con mucha precaución, regresando a su caja cuando tiene duda porque le reporta cierta seguridad porque en ella llegó a ese nuevo lugar.

De pronto, el encuentro, se olfatean mutuamente, el ratón con la nariz y la víbora con la lengua bífida, se descubren enemigos, el ratón tiembla y huye, la víbora se agazapa y espera. Si el ratón comienza a correr como desesperado por toda la pecera, esto inhibe a la víbora quien regresa a la seguridad de su caja de jugo… y espera. Finalmente, cuando el ratón está distraído, ella se acerca ya en plan de cazar, y en un instante sucede lo esperado. la víbora atrapa al ratón con el hocico, inmediatamente enrrola todos sus anillos  en torno al cuerpo del ratón que queda atrapado sin poderse mover ni respirar, boquea, muere de afixia, con los huesos rotos. Entoces la Migra lo suelta, repira profundo, abre sus fauces y lo engulle completo. A continuación, la siesta, que puede durar horas, días o hasta una semana, cuando tenga hambre, o sed o de hacer sus necesidades. Es la ley de la vida, de la cual soy testigo.

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